sábado, 18 de mayo de 2013

Melancolía vírica



Cuando Jared escuchó por primera vez la triste melodía del Arirang, se sintió repentinamente invadido por un intenso y difuso sentimiento al que no pudo poner nombre hasta mucho más tarde, cuando sus superiores lo pusieron en las manos de expertos que decretaron que lo suyo era una melancolía de aquellas que acosaban a los antiguos poetas románticos en la lejana Tierra.
En un principio, y a pesar de lo extraño del caso, nadie le dio demasiada importancia al asunto. Por raro que resultara un caso de melancolía romántica en pleno siglo XXXI y en un oscuro planeta minero extrasolar, mientras no afectara a la extracción de grafito, a los jefes les importaba más bien poco tirando a nada.
Así que Jared disfrutó sin interferencias de sus melancólicos paseos a la luz de las dos lunas, gozó con la visión de melancólicas puestas de sol de color zafiro intenso, se regodeó en melancólicas tormentas de metano y casi lloró ante el melancólico espectáculo de las lluvias de meteoritos. Todos  y cada uno de esos momentos acompañados con diversas versiones del triste Arirang como banda sonora, alimentando la melancolía y acrecentando una nostalgia de no sabía qué, sentimientos para él desconocidos hasta entonces pero de los que, inexplicablemente, estaba disfrutando.
Y así podría haber seguido todo, con Jared felizmente melancólico y con la empresa minera alegremente indiferente a dicha melancolía, si no hubiera sido porque aquello comenzó a afectar al trabajo de extracción, no ya porque Jared se hundiera cada vez más en su triste embeleso sino porque, además, la melancolía había resultado ser una enfermedad sorprendentemente contagiosa y amenazaba con transformarse en una incontrolable epidemia en aquella pequeña concesión minera.


Los ingenieros, desconcertados, enfrentados a un problema que les sobrepasaba y sin posibilidad alguna de traer a alguien de la Tierra que les ayudara a encontrar una solución, decidieron recurrir a lo más rápido y sencillo: el reseteo de todos y cada uno de los operarios mineros infectados por el curioso virus de la melancolía y la prohibición del dichoso Arirang.
Uno a uno, los robots mineros fueron reiniciados para restablecer la normalidad de su sistema y uno a uno fueron nuevamente incorporados a sus distintas tareas.
Todos excepto Jared, el primer afectado que, totalmente imbuido de pura melancolía, fascinado y feliz con aquel nuevo sentimiento, se negó a retornar a su antigua condición de máquina insensible y apenas levemente consciente por lo que tomó la decisión de fugarse y dejarse morir junto a un alto acantilado, acunado por el furioso mar de metano que rugía a sus pies y contemplando el viaje estelar de las dos lunas del planeta hasta el azulado amanecer.


Cuando llegó el amanecer y la luz de la estrella color zafiro que iluminaba aquel pequeño planeta bañó su metálico cuerpo transformándolo, por un mágico instante, en un ser casi irreal, Jared decidió que era el momento perfecto para que todos sus sistemas fueran apagándose lentamente mientras su querido Arirang sonaba hasta el final.
Y en aquel acantilado, sentado frente al mar, fue donde lo encontraron los ingenieros. De allí lo recogieron y se lo llevaron de vuelta a la base donde fue reparado y devuelto al trabajo sin que Jared recordara nada de su melancólica etapa.


P.S.: Arirang es un tipo de canción tradicional coreana, casi un himno no oficial del país. Os dejo aquí un vídeo para que sepáis cómo suena :)




 

sábado, 11 de mayo de 2013

El príncipe


Escrito para Mhanseon.



Cielo gris. Grises montañas. Bosque gris. Grises campos. El castillo es gris, la ciudad es gris, el reino es gris. El mundo es gris. No hay atisbos de ningún otro color, sólo gris, en toda su variedad de tonos, desde el casi blanco hasta el casi negro, pero siempre gris, gris, gris. Omnipresente, triste gris.
El hombre, sentado en lo alto de la colina, observa, suspira y recuerda como era el mundo antes de que el gris lo llenara todo. Antes de que se llevaran al príncipe, el rey falleciera sin heredero y el mundo quedara abandonado a su suerte.
Antes -recuerda- el aire era tan diáfano que se podía ver a más de un kilómetro y, en un buen día, hasta era posible oír el zumbido de una abeja a tres kilómetros... o al menos eso decía siempre su padre. Los colores eran tan vibrantes que casi dolían, la comida era tan sabrosa que aún salivaba al recordarla. Las ciudades estallaban de ruido y color. Los campos eran fértiles. El mundo era un lugar rebosante de vida, de vida colorida y ruidosa, de vigorosa y maravillosa vida... Ahora, sin embargo, el aire era pesado y difícil de respirar, no había más color que el gris, la comida no sabía a nada, las ciudades parecían habitadas por grisáceos zombis, en los campos sólo crecían unas raquíticas plantas, la vida se arrastraba aplastada bajo la monotonía del gris.


El castillo, entonces, era el centro del mundo. Caballeros Guardianes llegaban a él desde todos los puntos cardinales, con resplandecientes armaduras y brillantes estandartes. Las banderas flameaban en torres y ventanas, las damas y los caballeros paseaban por jardines y veredas luciendo lujosos ropajes. Se celebraban justas, fiestas y bailes sólo para festejar la vida. La magia se agitaba en el aire, palpitaba en todos los corazones, pululaba por todas partes, como la savia se extiende por el árbol, llevando fuerza y energía a todo el reino.
El rey, con su palabra, sostenía, creaba y unía a todo y a todos. A través de él surgía la vida y la magia. Era el único en todo aquel maravilloso mundo capaz de crear, imaginar e inventar, los demás se nutrían de su inefable fantasía y su arte con las palabras. Sólo el rey y su heredero podían sustentar y hacer crecer tanta maravilla como el mundo albergaba.
Por eso el nacimiento del heredero fue celebrado con los mayores fastos, la llegada del pequeño príncipe aseguraba la continuidad de todo un mundo y eso merecía las mayores celebraciones. El príncipe sería instruido desde su más tierna infancia en las artes mágicas de la creatividad y la palabra. Se entrenaría su imaginación constantemente para que fuera lo bastante fuerte y poderosa como para poder crear y sostener. Se le cuidaría y protegería porque perderle a él equivalía a perder el futuro.

Pero nadie recordó al Oscuro Señor, ladrón de palabras, enemigo de todo aquello que oliera a creación y amante de la muerte pues lo creían vencido y escondido en el mundo sin magia de donde procedían él y su hermano, el Rey. De modo que nadie estaba preparado para su sorprendente ataque cuando las celebraciones por el nacimiento del heredero se hallaban en su mejor momento. El ataque fue rápido y efectivo y, antes de que nadie pudiera reaccionar, el Oscuro Señor había desaparecido en la noche llevándose entre sus brazos al recién nacido de cuya vida dependía todo un mundo.
Durante días y meses el rey y sus caballeros buscaron sin descanso al pequeño sin el menor resultado. Finalmente un espía real informó de que tanto el Oscuro Señor como el pequeño se encontraban en el mundo que llamaban “real”, donde el Ladrón de Palabras fingía ser su padre. El niño se encontraba custodiado por invisibles y poderosos guardianes casi imposibles de vencer.
A lo largo de los años el rey envió caballero tras caballero en busca del niño, sin resultado alguno hasta que, finalmente, y en contra de lo que su sentido común y sus consejeros le recomendaban, decidió acudir él personalmente a rescatar a su hijo.


Aquel fue el principio del fin. El rey regresó derrotado y herido de muerte. Tal vez podría haber sobrevivido a sus heridas sino fuera porque el dolor de perder a su hijo y el futuro del mundo le habían debilitado la voluntad de vivir. Al poco tiempo de regresar, el rey falleció.
El dolor recorrió cada ciudad y cada pueblo, lloraron las mujeres, lloraron los hombres, lloraron los niños y hasta las bestias lloraron. Lloraron por el hombre que habían amado pero también por ellos mismos. Sin Rey y sin sucesor, su futuro estaba sentenciado. Sin nadie que creara, alimentara y sostuviera la vida, el mundo no tardaría en morir.
Se siguieron enviando caballeros en busca del príncipe, se siguieron probando sortilegios y encantamientos para comunicarse con él y atraerle. Y, mientras tanto, el color y la energía vital fue desapareciendo de todo y de todos. En los lugares que aún conservaban algo de fuerza, todo era gris, en aquellos otros en el que la vitalidad casi había desaparecido, todo era horriblemente transparente.
El hombre sentado en lo alto de la colina, había oído decir que, en algunos lugares el color y la vida habían regresado tímidamente y se decía que, tal vez, el príncipe, aún sin saber quién era o qué hacía, se había acercado, de alguna manera, a este triste mundo. Le gustaría creer que eso es cierto, le gustaría pensar que, de alguna manera, el príncipe (el rey, en realidad) había logrado escapar de su prisión y de sus guardianes y que, más pronto que tarde, vendría a traerles la salvación. Sí, le gustaría mucho creerlo pero viendo la desolación y la gris tristeza que lo rodea, lo pone seriamente en duda.


El hombre se levanta lentamente, cada día se siente más cansado. Las fuerzas se le escapan y siente que no falta mucho para comenzar a volverse transparente y luego, finalmente, desaparecer. Antes de continuar su camino susurra una pequeña rogativa para que, si es cierto lo que cuentan, el príncipe regrese antes de que sea demasiado tarde.


En su cama, a menos de un mundo de distancia, el jovencísimo Liam despierta sobresaltado y con la mente llena de imágenes de un mundo gris. Liam, intentando no hacer ruido para no despertar a su padre, se levanta y va hacia su escritorio. De un cajón secreto (si su padre se entera de que pierde el tiempo escribiendo lo castigaría de por vida), extrae unos papeles y una vieja pluma. Tras meditar un par de segundos, Liam comienza a escribir.
En otro mundo, en un mundo gris y cansado, un árbol moribundo comienza, lentamente, a reverdecer.





 


sábado, 4 de mayo de 2013

Memoria




Desmemoria

No lo olvides, me dijo. Es muy importante, me dijo, no lo olvides. Sí, sí, eso me dijo. Iba muy guapo aquel día, de uniforme, lo recuerdo muy bien ¿sabe? Y me cogía la mano... Venía a despedirse, se marchaba al frente ¿ve usted cómo me acuerdo? No lo olvides, sí, eso me dijo aquel día, no lo olvides... pero yo lo he olvidado, era muy importante y lo he olvidado.

Y mientras la enfermera la lleva a su cuarto, pasito a pasito, la anciana sigue buscando entre la niebla en que se ha transformado su memoria sin encontrar lo que ha olvidado. No lo olvides, me dijo, es importante, pero yo no puedo recordarlo... 





Recuerdos
Una oleada de cálidos recuerdos inundaba su mente cada vez que abría su estuche de piel. Recuerdos de la sonrisa orgullosa de su madre el día en que se lo regaló y de su voz repitiendo sin cesar lo maravilloso que era tener un médico en la familia. Recuerdos del tacto suave de la piel nueva bajos sus dedos la primera vez que lo tocó y del brillo del instrumental al abrirlo. Y, sobre todo, el recuerdo que le provocaba la sonrisa más amplia: el de la azul mirada de su madre al enseñarle cada uno de aquellos utensilios y el pavoroso dolor que reflejaban cuando su hijo decidió mostrarle cómo se utilizaban sobre su cuerpo.


La vida te da sorpresas

El reencuentro fue una sorpresa para ambos.

Al mirarla, él recordó cuánto la había amado y deseado. Desde lejos, claro, porque cuando eres el raro del Instituto tienes permitido soñar con la más popular pero no aproximarte a ella.

Al verle, ella recordó cómo se burlaba de él y las veces que comentó con sus amigas aquello de que, con él, ni aunque fuera el último hombre de la Tierra.

Él -a qué negarlo- disfrutaba con la ironía de la situación. Ella, que seguía siendo la misma niñata superficial de entonces, sólo sentía horror.

Y es que, quién les iba a decir que el mundo realmente llegaría a su fin y que él sería el úlimo hombre de la Tierra.



sábado, 27 de abril de 2013

Moscas



Hace ya algunos años que Necio-Hutopo y una servidora mantienen una "amistad bloguera" repleta, a estas alturas, de pequeños guiños y complicidades, incluido un ya bastante maltrecho sombrero que ha viajado entre mi blog y el suyo varias veces y con el que solíamos demostrarnos nuestra mutua admiración. Unos meses atrás me hizo saber este Hutopo nada necio que le apetecía ilustrar alguna de mis historias y yo, sin pensármelo dos veces, me apunté inmediatamente a la idea porque no sólo admiro su escritura sino que también me encantan sus ilustraciones. Tardé mucho más de lo previsto pero, finalmente, cumplí: hace unas semanas que le pasé no uno, sino tres relatos sobre zombis. Aquí está el primero de ellos (que ya ha sido colgado en su blog) y quedo a la espera de los otros dos. Muchas gracias Mario por seguir ahí y por ilustrar mis historias (espero que haya más colaboraciones de estas) :) Y vosotros pasad por su blog, pasad, que os va a gustar.






Tras varias horas de viaje soñaba con llegar a casa, darme una ducha caliente, cenar algo y meterme en la cama pero las malditas moscas no me lo permitieron.

 Las encontré en el salón comedor, zumbando alegremente en torno a un par de manzanas que, olvidadas en el frutero, se habían podrido y ofrecían a mis indeseadas invitadas un espléndido banquete y un fantástico lugar de reunión. De modo que, en lugar de relajarme como me apetecía, tuve que retirar las manzanas pochas y luchar, insecticida en ristre, contra aquella horda de moscas. Hice lo que me pareció una buena escabechina y, antes de ir, por fin, a mi ansiada ducha, decidí echar otra buena cantidad de insecticida y cerrar la puerta tras de mí con la esperanza de acabar con todas ellas. “Los cadáveres -pensé- los barreré mañana”.
 
Pero a la mañana siguiente no había ningún cuerpo muerto que recoger aunque no me percaté de ello porque lo que sí había, y en grandes cantidades, eran moscas zumbando y revoloteando. ¿Cómo podía ser aquello posible? La noche anterior había gastado un bote de insecticida y juraría que las había eliminado a todas. ¿De dónde, pues, salían todas esas? ¿Qué las atraía? Dispuesto a averiguarlo fui al supermercado para aprovisionarme de productos de limpieza y, sobre todo, de algún insecticida más potente.
 
Hice la limpieza del siglo en casa. No deje mueble ni mover, suelo sin fregar, ventana sin limpiar, ni baño sin higienizar. Luego, insecticida en ristre, volví al ataque contra las moscas invasoras. Todo el día duró esta batalla contra la mugre (menos de la que creía) y contra las moscas (más de las que pensaba). Agotado y satisfecho con mi labor, decidí irme pronto a la cama.

 La mañana llegó soleada, esplendorosa y llena de zumbidos... ¿Zumbidos? ¡No podía creer lo que estaba escuchando! Y cuando abrí los ojos no quise creer lo que estaba viendo. Las moscas, las malditas moscas, no sólo no habían desaparecido sino que habían llegado hasta mi dormitorio. ¿Es que no había nada que acabara con ellas aparte del típico y lento sistema de aplastarlas? Porque aplastarlas era sencillo, la verdad sea dicha. Eran estas, probablemnte, las moscas más tontas del largo linaje de las moscas porque atraparlas y aplastarlas resultaba la mar de sencillo... ¡pero era imposible acabar con todas ellas a manotazos!
 
Me levanté, encendí el ordenador y comencé a buscar remedios caseros contras las moscas. Luego los usé todos: cintas matamoscas, bolsas de plástico llenas de agua, hojas de laurel, de ruda y de menta, clavo y limón, plantas de albahaca, trampas diversas e insecticida, y por supuesto litros de insecticida, de todas las marcas conocidas, desconocidas y hasta alguno casero.

 Pasé la semana siguiente enfrascado en una batalla constante e implacable contra los dichosos insectos alados. Usé todo mi arsenal contra ellas pero lo único que parecía funcionar realmente era matarlas a golpes. Del resto, nada.

Aquella moscas no eran normales. No podían serlo. Las veía morir a montones y, sin embargo, al día siguiente ahí estaban y cada vez en mayor número. Además cada día estaba más convencido de que aquellos bichos se avalanzaban sobre mí... Cansado, desgreñado, obsesionado, convencido de que me estaba volviendo loco por culpa de aquella maldita plaga de moscas opté por llamar a unos profesionales. Tal vez ellos lograran lo que ni yo ni mis armas caseras habían logrado. Eran mi última esperanza.
 
Dejé mi casa a primera hora de la mañana y me fui a un hotel. Tomé una larga y reconfortante ducha, me comí un opíparo desayuno y luego dormí como un bendito durante doce horas. Por primera vez en muchos días, me sentí descansado y tranquilo.
C
uando regresé me recibió el silencio y el aroma del insecticida utilizado por los exterminadores. Recorrí todas las habitaciones de la casa, una por una, sin zumbidos, sin revoloteos, sin tener que espantar ningún insecto. Ni una... no había ni una. No me lo podía creer. Libre. Por fin. Había recuperado mi hogar.
 
Qué iluso.
 
Pasaron varios días de tranquilidad absoluta. Ni una sola mosca perturbaba mi existencia. Lo daba ya todo por felizmente acabado. Fue entonces cuando noté los primeros síntomas. “Un resfriado”, pensé, y no le di mayor importancia.
 
Entonces vi las noticias.
 
Plagas de moscas por todo el mundo. Lo que me había ocurrido a mí, estaba ocurriendo en todos los rincones del planeta desde hacía ya tiempo. No se sabía cómo habían surgido ni de dónde. Las llamaban “moscas zombi” porque, aunque las mataras, siempre volvían. Lo peor de todo es que eran altamente infecciosas. Las moscas no muerden pero el simple contacto con ellas basta para infectar y, una vez infectado, enfermar, morir y transformarse en zombi. La única manera de acabar con ellas era a golpes.

 El presentador dio la lista de síntomas: dolor, fiebre, agarrotamiento... El caldo de pollo que estaba tomando frente al televisor cayó de mis manos. Si todo aquello era cierto yo ya estaba infectado y moriría en pocas horas para pasar a convertirme en zombi.
 
Pero, espera, no, quizás “mis” moscas no eran de esas moscas. Quizás “mis” moscas eran moscas normales y corrientes. Quizás “mis” moscas no me habían pasado ninguna enfermedad. Por supuesto que no. En la tele acababan de decir que no había forma de acabar con ellas pero yo, con ayuda de los exterminadores, había eliminado a “mis” moscas, así que tenían que ser otras moscas distintas...
 
En ese momento oí un zumbido estruendoso y la luz del sol dejó de entrar por la ventana. Alcé la vista y allí, golpeando una y otra vez el cristal, estaban “mis” moscas. Era imposible que pudiera saberlo pero lo sabía. Eran ellas, mi propias moscas zombis.

 La fiebre es ya muy alta. Duermo a ratos. Deliro a ratos. Soy consciente cada vez menos rato. Las moscas, “mis” moscas, a base de golpear el cristal lograron romperlo y entrar en casa. Revolotean a mi alrededor, pasean sobre y hasta dentro de mí. Ya no tengo fuerzas para espantarlas. En realidad ya no quiero espantarlas. Dentro de muy poco seré como ellas y siempre viene bien tener amigos...




viernes, 19 de abril de 2013

Micros




Érase una vez...

Gretel esperó pacientemente hasta que la enclenque vieja se inclinó sobre el horno y, tomando impulso, le dio un fuerte empellón que la hizo caer en el ardiente interior. Antes de que la bruja pudiera reaccionar, Gretel cerró la puerta ahogando sus gritos de pavor y dolor.
Sin perder un segundo la niña corrió a liberar a su hermano quien, pasando la lengua sobre sus afilados dientes, se aproximó al horno atraído por el delicioso aroma a bruja asada que este despedía.
Tras darse un buen atracón, cargaron con todo cuanto pudieron y regresaron a casa felices y ansiosos por ver la cara de sorpresa que iban a poner sus padres...




Biografía

Con apenas unos días las sábanas lo acogieron con ternura, envuelto en el perfume del talco y del amor materno.
Con seis años, las sábanas fueron cuevas misteriosas, murallas de castillos y fantásticos portales a mundos imaginarios.
A los quince fueron cofres que escondieron lágrimas, ilusiones e insaciados ardores.
A los veinticinco, las sábanas eran el escenario de ardientes encuentros amorosos y mudos testigos de desencuentros dolorosos.
A los cuarenta guardaron frustraciones, pérdidas y sueños rotos.
A los cincuenta y cinco fueron la ansiada cuerda que, ciñendo su cuello en mortal abrazo, lo arrancó de una vida que él no deseaba.
Sus últimas sábanas lo acogieron con frialdad,  envuelto en el perfume de la muerte y el dolor.




 
La maldición


Arrullada por las olas y acariciada por la brisa, la isla dormía su plácido sueño de milenios -cuenta el abuelo-. Frondosos bosques, rubias playas, aguas límpidas, sol y dulces temperaturas, este pequeño trozo de tierra era el paraíso soñado por muchos... hasta que la maldición cayó sobre nosotros arrasándolo todo.
Nuestra vida era pacífica y sencilla, nada teníamos, nada necesitábamos y nada ansiabamos. Éramos, a nuestro suave modo, felices... -al llegar aquí el abuelo hace una dramática pausa- Y entonces, enviada por no se sabe qué caprichoso dios, sin previo aviso, y ataviada con sandalias y calcetines, la maldición cayó sobre nosotros. Yo estaba allí cuando, colorado, sonriente y entusiasta arribó a la isla el primer turista y todo comenzó...