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Mostrando entradas de 2011

Año Nuevo

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Nochevieja

Nerviosos, aterrados, aferrados a sus paquetitos de uvas como náufragos en mitad del inmenso océano, aguardando las doce campanadas. Nadie reía, nadie gritaba, el silencio era aplastante y terrorífico, La muchedumbre miraba el reloj con ojos desencajados, mandíbulas apretadas y las manos, como garras, aplastando uvas y arañando piel.

Llevaban décadas, siglos, milenios, repitiendo incansablemente esos escasos segundos entre los cuartos y el final de las doce campanadas.

El reloj comenzó a sonar... Dong... Dong... Dong... Las manos se movían de manera automática. Dong... Dong... Dong... Las bocas se abrían para recibir los amargos granos. Dong... Dong... Dong... Las dentaduras se apretaban sobre la pulpa y el jugo corría por las barbillas. Dong... Dong... Dong... Miles de voces gemían al unísono en una horrísona parodia de lo que deberían haber sido gritos alegres. 

Quién hubiera dicho que el alborozado rito que habían repetido año tras año en vida pudiera ser una de las peores…

Micros navideños

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Jubilación
Regresó a casa con los pantalones desgarrados por un par de mini perros histéricos, con el corazón a punto del paro por culpa de una alarma inoportuna, cojeando de una pierna tras sufrir una caída causada por unos niños demasiado “activos”, oliendo a alcohol tras un amistoso encuentro con un borracho callejero, aterrorizado por un enfrentamiento con unos delincuentes juveniles. Regresó a casa, en fin, destrozado, agotado, deprimido, derrengado, desastrado y otros muchos “ados” pero, sobre todo convencido de que ya había llegado el momento de la jubilación para Papá Noel.



Nochebuena
Compró un nuevo árbol porque ya tocaba cambiarlo después de más de quince años de duro servicio.
Compró, también, nuevos adornos porque ya era hora de renovar un poco la ya arcaica decoración.
Compró un nacimiento porque tenía apetencia de tradición.
Compró comida, bebida y postres para una más que opípara cena.
Preparó la decoración con esmero. Cocinó con alegría. Dispuso una bella mesa y se sentó, …

Búsqueda

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Todas las tardes se arreglaba con el mismo esmero de su juventud, cuando lo hacía para ella; peinaba sus escasos y blancos cabellos con cuidado, como le gustaba a ella; se colocaba el mismo sombrero gris del que ella se burlaba por considerarlo algo cursi y anticuado; tomaba el bastón que ella le había regalado en la última Navidad que pasaron juntos y, con paso tardo, ponía rumbo a la biblioteca. Al llegar elegía una mesa, dejaba sobre ella el bastón y el sombrero y se dirigía hacia las estanterías. Con mano temblorosa, sacaba un libro y, renqueando, volvía a su asiento, pasaba unas páginas y, al comprobar que no era lo que buscaba,  sacudía la cabeza y, con un gruñido provocado por el esfuerzo, se levantaba a por el siguiente tomo.

No leía ningún libro y con ninguno se entretenía más tiempo del necesario para comprobar que no era aquel que andaba buscando pero no dejaba ni uno sólo por comprobar. Día tras día, siguiendo un orden rigurosamente alfabético, comprobando a diario aquellos…

Maldito calor

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Daba comienzo un nuevo día de trabajo, un día más de una larga cadena de días iguales. El calor en las oficinas resultaba insoportable pero las mentes sádicas que dirigían el lugar les obligaban a acudir al trabajo con chaqueta y corbata. Evidentemente trabajar en esa compañía exigía cierto grado de crueldad pero obligar a los empleados a ahogarse en sudor cada día le parecía excesivo. Dejó el maletín sobre su ordenada mesa y, con un bufido de hastío, se dejó caer en la silla mientras luchaba por aflojar la condenada corbata.
Miró a su alrededor con apatía, sintiendo el sudor correr por su espalda y, reprimiendo un bostezo, se dispuso a dar comienzo a su día laboral. Hacía tiempo que tenía claro que el trabajo de oficina no era para él: era demasiado aburrido, extremadamente monótono y totalmente carente de emoción. Por eso tenía planeado largarse de allí en cuanto tuviera la más mínima oportunidad. 

Quería un trabajo con más acción, algo que le permitiera ejercitar sus innatas cualid…

Micros

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OVNI

Emerencio, entusiasmado, apuntaba al cielo y gritaba como un loco: -¡Un OVNI, un OVNI! ¡Es un OVNI de verdad!- y daba saltitos agitando los brazos, intentando llamar la atención de todo el que pasaba.
-¡Por allí!- gritaba- ¡Por allí se ve!- Y señalaba una vaga sombra gris que, a lo lejos, se movía hacia arriba, hacia abajo, dando bruscos virajes y girando aparentemente descontrolado. 


Emerencio sonreía de oreja a oreja satisfecho de contemplar tan magnífico espectáculo cuando un elegante señor con aire de inglés, se puso a su lado jadeante y exclamó señalando hacia el OVNI de Emerencio:
-¡Ah, ahí está ese maldito sombrero mío!-.








Juegos
Tuvieron tiempo de jugar a todo lo imaginable antes de que el aburrimiento les diera alcance, y entonces decidieron iniciar un peregrinaje sin destino en busca de algo interesante. Vagaron sin rumbo hasta que uno de ellos gritó entusiasmado ante la fascinante visión de un nido de bichos.
Pasaron un buen rato observándolos hasta que, hartos de contemplarl…

Liberación

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Dainzin era considerado el monje más aventajado de toda la comunidad aunque, por supuesto, a nadie se le habría ocurrido decirle semejante cosa: eso sería alimentar la idea del yo, idea que todos en el monasterio trataban de eliminar para poder llegar a la ansiada Iluminación.

Trabajaba Dainzin más duramente que ningún otro en el cenobio, y en los trabajos más humildes. El tiempo que no dedicaba a trabajar lo pasaba sumido en la meditación y había llegado a tal perfeccionamiento en este arte, que podía meditar en cualquier lugar y bajo cualquier circunstancia.

Se fue desprendiendo, poco a poco, de todo cuanto lo mantenía unido a la ilusión del yo. Aprendió a mantenerse alejado de los falsos deseos y necesidades que el mentiroso cuerpo reclamaba. Se educó en el arte de mantenerse alejado de cualquier sentimiento o sensación que pretendiera alejarlo del momento presente. Mantenía su mente libre de recuerdos y pensamientos que lo alejaran de su estado de concentración. Luchó contra su volu…

Alzheimer volitivo

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El título del relato se lo debo a Leerio, la "santaclaus" más genial que pueda existir... ¿Ves, Leerio, cómo iba a sacar algo de esto? :D El relato y la canción (más malo que bueno, lo siento) te lo dedico porque sin esa curiosa expresión -es evidente- no habría existido ;) Bueno, y ya que estamos daros un paseito por su blog: Uzbekistan mon amour.







A Elpidio Estévanez no le gustaba su vida. No es que fuera una vida realmente mala, ni que tuviera graves problemas, nada de eso. En realidad su vida podía considerarse envidiable en todos los sentidos pero a él, sencillmente, no le gustaba.

No le gustaba su trabajo, no le gustaba su mujer, no le gustaban sus hijos, no le gustaba su coche, ni su ciudad, ni sus amigos, ni la ropa que usaba. No le gustaba su cara, ni sus pies, ni su cuerpo, ni su ropa. No le gustaba su personalidad, no le gustaba su forma de ser, no le gustaba que no le gustara nada de su vida.

Si alguien le hubiera preguntado a Elpidio el por qué de tan curiosa fobia,…

As time goes by (reflexiones sobre el tiempo)

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Estas reflexiones sobre el tiempo han sido inspirada por un post de Emilio Porta en su blog: Lo que el tiempo se llevó







El tiempo enseña, sana y borra. El tiempo muestra y oculta. El tiempo aclara y confunde. El tiempo todo se lo lleva y todo lo trae. El tiempo es olvido y memoria, pérdida y hallazgo, ayer y mañana, recuerdo y proyecto. El tiempo construye y destruye, asola y rehace, abate y eleva. El tiempo trae muerte y vida,  enfermedad y sanación, oscuridad y luz, sonido y silencio. Todo ocurre gracias al tiempo, a pesar del tiempo, con el tiempo, a través del tiempo, inmerso en el tiempo y, a veces, a tiempo.

Con el suficiente tiempo todo puede llegar a acontecer.

Tememos al tiempo porque nos aterroriza la nada a la que estamos abocados sin pensar que, a fin de cuentas, de ella venimos.

Si nos comparamos con el universo, nuestra vida es apenas un leve suspiro. Si nos comparamos con insectos que apenas viven dos días, somos tan longevos como el mismo universo.

El tiempo, la vida, es …

Micros

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Romanticismo
Mi reproductor multimedia, de la noche a la mañana, se ha vuelto un romántico añorante de la época dorada de Hollywood. Ahora se niega a reproducir nada en color y elimina todo el metraje dedicado a los créditos sustituyéndolas por el “The End” de antaño. Había pensado en cambiarlo por otro nuevo y menos sensiblero pero me lo he pensado mejor y creo que me voy a unir a él. De modo que, partir de ahora, sólo veré esas viejas películas que a él tanto le entusiasman.


El espectador

En la negra pantalla apareció el The End. La música se detuvo y la sala quedó en absoluto silencio. Cuando las luces comenzaron a encenderse, el único espectador parpadeó confuso y sorprendido. Se levantó de su asiento, aún perplejo y, mirando hacia todos lados, murmuró entre dientes:

-Jamás hubiera imaginado que la muerte fuese esto...

El dinosaurio

Cuando el dinosaurio despertó, el hombre estaba allí y lo miraba fijamente.

El gigantesco saurio parpadeó, estiró el largo cuello olisqueando el aire y se di…