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Mostrando entradas de mayo, 2011

Al otro lado de la calle

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Llegaba a la cafetería cada tarde a la misma hora. Cada tarde se sentaba en la misma mesa y en la misma silla, junto a la gran cristalera. Pedía, cada tarde, una taza de café vienés y dedicaba las siguientes horas a saborear su bebida y a mirar hacia el otro lado de la calle.


Llegaba a la floristería cada tarde a la misma hora. Cada tarde abría la puerta y comenzaba a sacar flores a la puerta, sin prisa, esmerándose en la presentación de todo cuanto exponía. Y mientras entraba y salía intentaba atisbar aquella figura que la observaba, cada tarde, desde el otro lado de la calle mientras saboreaba lentamente un café.
Un día de estos, pensaba él sentado en la cafetería, reuniré el suficiente valor, cruzaré la calle y hablaré con ella, me presentaré, nos conoceremos. El amor surgirá entre nosotros, nos casaremos, seremos felices. Luego, como cada tarde, tomaba un sorbo de café y continuaba pensando que sí, que lo haría... pero no hoy, mejor otro día.

Uno de estos días, pensaba ella arregland…

Chateando

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Como cada noche, la joven se sentó frente al ordenador dispuesta a pasar un rato divertido en el chat de contactos. No es que tuviera problemas para ligar de otra manera más directa, pero hacerlo así le resultaba sumamente placentero y divertido.

Esa noche, sin embargo, no se sentía nada cómoda. No por lo que ocurría en el chat, no. Eso seguía la misma dinámica de cada noche. Era más bien un malestar físico. Una incomodidad continua en la espalda que no la dejaba concentrarse y estarse quieta.

A pesar de todo, la muchacha continuó con sus juegos y sus charlas de cada día. De vez en cuando se removía inquieta e incómoda pero no le dio mayor importancia. Hasta que la incomodidad se volvió excesiva. Ese picor, esa sensación de humedad, esa impresión de tener algo molesto en la espalda no la abandonaba.



Finalmente se levantó de su asiento ante la pantalla y, dirgiéndose al espejo más cercano intentó descubrir qué era lo que tanto la molestaba. Cuando vio de qué se trataba sus ojos se abriero…

Los primeros libros

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Aquí, donde usted nos ve, viejos y amarillentos, con las hojas despegadas y oliendo a papel quebradizo, hubo en tiempo que fuimos maravillosamente jóvenes, como ella. Lo recordamos bien, no debía tener más de quince o dieciséis años y se veía a la legua que no era la chica más popular del instituto. Tenía que haberla visto, menudo desastre de adolescente: gafosa, sobrada de peso y con cara de ser de lo más tímido. ¡Un horror, vamos!

La habíamos visto rondar por aquella librería más de una vez. Estaba a pocos metros de su instituto y era donde, normalmente, tanto ella como sus compañeras compraban sus libros de texto y demás material pero nunca se había aproximado a nosotros. Nos echaba miradas así, como de reojillo, pero nunca se había atrevido a mirarnos más de cerca.

Pero un día se animó. Se ve que, de alguna manera, logró ahorrar unas pesetillas para llevarse a uno de nosotros y no lo dudó un instante. Se acercó a la estantería y fue acariciando nuestros negros lomos uno por uno, ent…