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Nochevieja 2012

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Resaca
Te lo debo haber dicho unas mil veces pero tú, ni caso, y mira las consecuencias. Te he advertido docenas de veces que en Nochevieja es mejor no salir, que lo único que vas a conseguir es una gigantesca melopea y su consecuente -e igualmente gigantesca- resaca, que es lo que ahora mismo estás padeciendo. ¿Que te duele la cabeza? Ya lo sé, pero no pienso callarme, a ver si de una vez por todas se te mete en esa cabeza de chorlito milenario que tienes que la Nochevieja no es buen momento para alimentarse porque todo lo que encuentras son borrachos con la sangre convertida en alcohol. Anda, anda, métete en el ataúd y no salgas hasta que se te pase el resacón.




El principio
El viejo salía desharrapado, lloroso y renqueante, el joven que sujetaba la puerta se volvió, nervioso, hacia el hombre que le acompañaba. -Yo... Esto... Yo... -el joven se movía intranquilo mientras miraba alternativamente al hombre que salía y al hombre que estaba a su lado- Estaba pensando que, bueno, que quizás n…

Navidad... o algo así

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Esperando a Papá Noel

Pablito se levantó sigilosamente de la cama, se puso su bata y sus zapatillas de Spiderman, y procurando no hacer ruido se dirigió al salón. Una vez allí, tomó un par de galletas del platito que descansaba sobre la mesa, tomó un sorbo de leche y, sentándose en el sillón preferido de su padre, se dispuso a esperar. Un sonido junto al árbol lo hizo despertar del sueño en el que había caído. ¡Por fin había llegado Papá Noel! Pablito se levantó, se acercó al gordinflón, se detuvo justo a su espalda y amartilló la escopeta que tenía entre las manos. Papá Noel se giró lentamente. -Espero -dijo Pablito- que este año me hayas traído lo que te he pedido...


La consola
Querido Papá Noel: Me llamo Pedro y este año he sido muy bueno, igual de bueno que todos estos anteriores años en que no me has traído la consola que te pido cada Navidad. Mucha gente me dice que no me la traes ni me la traerás porque no existes pero yo nunca les he hecho caso y he seguido creyendo en ti a pesar de t…

La despedida

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Graciela entra en el salón cariacontecida y, sin decir nada, se sienta a los pies de su madre, que lee sentada en su butaca favorita, y apoya la rubia cabeza en su regazo. La madre aparta el libro que está leyendo y, acariciando el cabello de la niña, pregunta: -¿Qué te ocurre? ¿Por qué traes esa cara? La niña lanza un hondísimo suspiro, como de persona que carga con un gran dolor, y levantando la cabecita responde: -He estado hablando con papá. -¿Sobre qué? -vuelve a preguntar su madre. -Sobre lo de hablar y jugar con gente que no existe -replica Graciela jugueteando con los flecos de la manta que cubren las piernas de su madre-. Dice que debería dejar de inventarme cosas, que ya soy muy mayor para tener amigos imaginarios. -¿Y a ti qué te parece? -pregunta su madre apartándole el cabello que le cae sobre la cara.

-Bueno -Graciela, sin cambiar su triste expresión, se encoge de hombros y se remueve incómoda-, quizás tenga algo de razón pero yo no entiendo qué tiene de malo lo que hago.

Tortura

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La pesadilla comienza cuando la luz hiere su único ojo sano. A continuación es sacado a rastras del pequeño habitáculo, añadiendo una nueva capa de mugre a la ya existente, y durante varias -interminables- horas es golpeado, tironeado, cortado, machacado, torturado, en fin, sin otra razón aparente que la diversión de su torturador. Y así día tras día. De vuelta a su cubículo se sorprende de continuar vivo: tuerto, manco, desorejado, dolorido pero tristemente vivo. Y cada noche, envuelto en la oscuridad, reza con fervor para que pronto llegue el día en que ese maldito niño lo sustituya por un nuevo juguete y él pueda acabar su vida entre los benditos dientes del triturador de un camión de la basura.


Añoranza marina

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La tarde en la tasca del puerto transcurre tranquila y quieta como la mar en un día de calma chicha. Unos parroquianos juegan al dominó en la mesa del rincón y Secundino, con su eterno cigarrillo entre los labios, contempla la partida con aire ausente mientras se toma su segundo vaso de ron. Su mujer y su médico habían intentado en varias ocasiones que dejase el tabaco y el alcohol pero él siempre se había negado: -Tengo ochenta y dos años -decía cada vez que le mentaban el tema- y aquí no me voy a quedar para siempre. Así que, que pa’ lo que me queda en el convento... Y seguía con su tabaco negro, sus copas de ron y comiendo de todo lo que se le antojaba porque a Secundino Ariza nadie le decía cómo debía vivir o morir, faltaría más... El sonido de una pieza puesta bruscamente sobre la mesa lo saca de su ensimismamiento, en la mesa los jugadores ríen a carcajadas de algún chiste que, a pesar de haber sido contado mil veces, sigue siendo recibido con las mismas risas de la vez primera. S…

El número exacto de estrellas

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Apoyado en el alféizar, el pequeño Ahmad cuenta: -... Veinte, veintiuno, veintidós... Su tía Nasrin lo llama con suavidad: -Vamos, Ahmad, es hora de irse a la cama. -No puedo, tía, estoy ocupado. Veintitrés, veinticuatro, veinticinco... -¿Ocupado en qué? -pregunta Nasrin. -Cuento las estrellas. Treinta, treinta y uno, treinta y dos... -¿Y por qué? -Para que mamá vuelva a casa. Treinta y cuatro, treinta y cinco... -¿De dónde has sacado eso? -Me lo dijo uno de aquellos hombres que se llevó a mamá: cuenta las estrellas y cuando sepas el número exacto de ellas en el cielo, tu mamá regresará. Luego rió, no sé por qué. Nisran guarda silencio. Ahmad cuenta: -Treinta y nueve, cuarenta...



Fulgencio

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A Fulgencio lo de la crisis le sonaba a cosa muy lejana y que no iba con él, y es que bastante tenía con encontrar un sitio donde dormir cada noche y algo que llevarse a la boca como para andar preocupado por eso de la prima, los mercados y demás historias. Sólo en una cosa había notado Fulgencio la tan cacareada crisis: la cantidad de gente que iba a hurgar a los contenedores de basura en busca de comida, pero eso no pasaba de ser una pequeña molestia. Esa gente no suponía ninguna competencia para alguien que llevaba más de quince años en la calle. Cierto que ahora le costaba un poco más conseguir comida de los contenedores, pero no porque esta escaseara sino por la nueva costumbre de cerrar contenedores, triturar la basura antes de sacarla del supermercado, o no ponerla en la calle hasta que llegara el camión de la basura. Pero incluso con eso su veteranía suponía una ventaja y no tardó en localizar aquellos supermercados en los que los empleados solían hacer la vista gorda y permit…