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Mostrando entradas de noviembre, 2013

El duelista

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Don Bernardo de Arniche y Satrústegui tenía, desde joven, un genio de mil demonios y un anticuado sentido del pundonor que, unido a su ánimo pendenciero, lo llevaban a mantener de dos a tres duelos semanales con los más variopintos rivales, porque a don Bernardo, a pesar de sus rimbombantes apellidos y su alta cuna, no se le caían los anillos por batirse en singular duelo con obreros, chupatintas y matasietes -gentuza sin honra que no solía presentarse en el campo del honor- con el mismo brío y las mismas condiciones con que se batía con los más destacados miembros de las fuerzas vivas de la ciudad. A la edad de cuarenta años habíase batido el señor Arniche con todos los militares bravucones, nobles libertinos, jueces prevaricadores, poetas con ínfulas, albañiles analfabetos, carreteros mal hablados y hasta con sacerdotes de débil espíritu y fuertes brazos, de la ciudad y, con alguno, más de una vez. A la edad de sesenta ya no quedaba en la comarca hombre mayor de quince años al que no …

Micros

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Terrores modernos
-Radiación nuclear, calentamiento global, ataques químicos, guerras, más guerras, terrorismo, fanatismo religioso, epidemias, pobreza, crisis, paro, hambre... Uno por uno, los periódicos con sus terroríficos titulares cayeron sobre la mesa. En torno a ella, los monstruos de siempre -Drácula, el hombre lobo, la momia, el monstruo de Frankenstein, el hombre invisible, Mr. Hyde, el monstruo de la laguna...- guardaban silencio. -Esto es lo que hay por allá afuera -dijo Drácula con un dramático suspiro-. Los monstruos se agitaron, incómodos, las cabezas se sacudieron, las garras arañaron el aire, los pies se movieron nerviosos. -¿Estáis seguros de que queréis abandonar nuestro retiro y competir con eso? Un elocuente silencio llenó la sala.


Coma
Sé que estás a mi lado. Me lo dice tu voz, que escucho pero no comprendo. Me lo cuenta la suavidad de tus manos aunque no puedo devolver tus caricias. Me lo revela el aroma de tu perfume aunque no puedo decirte cuanto me ha gustado siempre.…

Don Alejandro

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La casa de mi abuela era como todas las casas de todas las abuelas, ya saben, con su mecedora, su mesa camilla, su brasero, sus tapetitos de ganchillo, su olor a limpio y sus fotografías en color sepia. Pero, a diferencia de las casas de las abuelas de mis amigos, en casa de mi abuela no había imágenes religiosas de ningún tipo: ni un Sagrado Corazón, ni una Virgen de cualquier advocación, ni un San Judas, ni siquiera un San Pancracio, nada. Lo más parecido a un pequeño altar que había en casa de mi abuela era un pequeño rincón sobre la gran cómoda del salón. Un pequeño lugar con una fotografía de un caballero de pelo cano, bata blanca y una pajarita que a mí me parecía de lo más divertida. Un pequeño jarrón montaba guardia junto al marco, siempre con una flor que mi abuela cambiaba a diario. Acostumbrado a que formara parte del paisaje habitual en las visitas a mi abuela, a mí nunca se me había ocurrido preguntar quién era aquel hombre y por qué su fotografía tenía un lugar tan privil…