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Mostrando entradas de marzo, 2014

Despido

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El borracho, como todo borracho que se precie, anda haciendo eses. Unas eses enormes, sinuosas, continuas. Cruza de un lado al otro de la carretera sin mirar más que a sus pies: quince pasos vacilantes a la izquierda, quince vacilantes pasos a la derecha, así una y otra vez, trazando curvas invisibles en el asfalto. El borracho, como todo borracho que se precie, canta aunque, a diferencia de la mayoría de borrachos canta bajito: I'm on the highway to hell On the Highway to hell Highway to hell I'm on the highway to hell... De vez en vez, el borracho deja de cantar, da un largo trago a su botella y murmura para sí: -Es mejor una chica, Edgardo. Nos traerá más clientes, Edgardo. Los hombres no se resisten a unas buenas curvas, Edgardo. Tu producción ha bajado mucho, Edgardo. No hagas enfadar al jefe, Edgardo... ¡Bah, tonterías! Y luego continua con su sinuoso camino: quince vacilante pasos a la derecha, quince pasos vacilantes a la izquierda, trazando curvas y más curvas, tragando k…

Promesa de amor

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Era mayo, lo recuerdo muy bien. Un mayo cálido y soleado. Tumbados en la cama, exhaustos y felices, disfrutábamos de la pasión de los primeros días de casados. Charlábamos, reíamos y, de tontería romántica en tontería romántica, acabamos hablando de la muerte. Fue entonces cuando, tomándome de las manos y mirándome fijamente a los ojos, me hiciste prometer solemnemente que no te dejaría morir sufriendo y que, llegado el caso, incluso te ayudaría a dar el paso definitivo. Y yo lo prometí. Sin pensarlo. Sin dudarlo un instante. Sin creer realmente que algo así pudiera llegar a suceder. En aquel entonces, la muerte era algo lejano, el sufrimiento sólo afectaba a los demás y hacer esa promesa me pareció -en mi inconsciente felicidad- un acto lleno de romanticismo. Pasaron los años a velocidad de vértigo. Cumplimos algunos sueños y abandonamos otros. La vida nos dio y nos quitó. Penas y alegrías dejaron huella en nuestros rostros. La promesa quedó oculta bajo otras promesas y otras preocupac…

Final

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Era la mañana del día en que el mundo llegaría a su fin. Acababa de sonar el despertador y a Eduardo todo le parecía curiosamente igual al día anterior, aunque sabía que todo era dolorosamente diferente. A medida que salía del sopor los recuerdos, como menudas piezas de puzzle, ocupaban su lugar, las diferencias parecían crecer al tiempo que todo le parecía más idéntico. Al asomarse al espejo del baño, bajo la misma luz de cada día, el rostro reflejado era, sin duda, su rostro, el mismo rostro de ayer, con sus mismos microsurcos, sus mismos lunares y su misma barba rebelde. Sin embargo, su mirada mostraba un atisbo de terror nuevo, de miedo desconocido, de incertidumbre forastera. Su rutina mañanera se repitió con exactitud casi milimétrica, cada gesto reflejo del mismo gesto del día anterior, cada movimiento idéntico al de ayer: ducharse con agua templada, vestirse con parsimonia, desayunar con aire ausente. Sin embargo, a pesar de lo igual de la mañana, allí estaban las sutiles difere…